“Canelo”-Golovkin, cómo la nostalgia esta vez le juega a favor al boxeo

Ambos boxeadores unificarán todos los cinturones de los pesos medianos en una contienda que busca quedar entre las más grandes jamás disputadas.

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Ya la historia, ese ente perdurable y constante que día a día golpea la puerta de todo boxeador, apareció por Las Vegas. El martes en “El Gran Arribo”, un evento promocional en que los peleadores hacen su llegada al hotel MGM a modo de inicio de lo que será la semana de la pelea, más allá de todos los elementos de animación que la organización dispuso (un ring en plena recepción, banderas, bandanas para repartir entre los aficionados, y el reparto de guantes firmados en concursos entre el público), acá el peso de las leyendas se sumó a la puesta en escena. Es que el duelo entre Saúl “Canelo” Alvarez y Gennady “GGG” Golovkin se quiere codear con las más grandes batallas que se han disputado entre los pesos medianos.

El boxeo tiene un dilema con el pasado. La historia se mete constantemente para evocar tiempos que se fueron y que siempre (se supone) fueron mejores. Lo más curioso es que son los propios promotores, miembros de la prensa, entrenadores y boxeadores que parecen vivir en un estado de evocación constante. Nunca el mejor boxeador del presente es tan grande como el mejor de hace dos décadas… y si se leen crónicas de hace dos décadas se ven que aquel boxeador no era tan bueno como otro que peleó hace dos décadas atrás.

Nunca las peleas del presente son tan buenas (se supone) como las del pasado. Y siempre se supone que los boxeadores del presente -que analizan a sus rivales al detalle por You Tube, tienen mejor alimentación, entrenan con métodos más sofisticados y cuentan con una industria que mueve más dinero que antes- no son tan buenos como los de antes.

Difícil de asumir para el mundo del boxeo, pero esa mentalidad (que podríamos definir autodestructiva) no le jugó muy a favor a la disciplina, que terminó perdiendo el lugar de privilegio y preferencia que tenía entre los aficionados en los Estados Unidos, el país donde se celebran las peleas más significativas.

No es extraño verde forma constante evocaciones a grandes peleadores del pasado, que con mucha razón tienen ganado su sitial de leyendas, pero que seguramente no sean el mejor canal para atraer a la generación de los millennials, a quienes se busca seducir todo el tiempo mostrando videos en blanco y negro.

Dicho eso, también hay que decir que esta pelea que se tienen entre manos “Canelo” y “GGG” es tan buena y tan grande en la previa que el carácter evocativo le juega a favor. Pensar si el del sábado puede ser un combate mayor que la victoria de Marvin Hagler ante Tommy Hearns (dos leyendas en una guerra sin cuartel en tres rounds para la eternidad en 1985), el triunfo de Bernard Hopkins ante Félix “Tito” Trinidad (una gran demostración de la escuela de Filadelfia domesticando al huracán boricua en 2001) o el éxito de Rocky Graziano ante Tony Zale (terrorífica batalla en formato de revancha que solamente genera el deseo de haber nacido antes para poder presenciarla en 1947).

Y seguramente habrá más. El aficionado puede escarbar en su memoria. Que de eso sabemos mucho los fanáticos del boxeo.

Pero en este caso la evocación es sana. No destruye. Porque ponen al mexicano y al kasajo en perspectiva. Porque son exponentes de un boxeo que necesita de esto: que los mejores se enfrenten con los mejores, en un buen momento, en un peso accesible para ambos y con un gran marco.

De eso ha habido poco y nada últimamente. Quizás porque se mira demasiado al pasado sin ver lo grande que se puede armar en el presente.

Pero ahora todos los componentes están en escena. Y así respondieron los fanáticos en el lobby del MGM Grand donde México marcó clara preponderancia vistiendo de rojo, verde y blanco las instalaciones mientras de fondo sonaba la música de mariachi. “Canelo” tiene el toque necesario para los tiempos que corren. Tiene el encanto necesario para, luego de dar unas 10 entrevistas para medios de diferentes países, acercarse a sus seguidores que esperaron durante dos horas y medias y él mismo tomar los teléfonos de sus seguidores quienes le pedían una y otra selfie. Esos gestos cuentan.  Entiende el juego “Canelo” y por eso en el último tiempo, con excepción de Floyd Mayweather Jr., es el máximo vendedor de PPV.

El retiro de “Money” le había dejado el sitio de peleador más taquillero al “Canelo”. El mexicano fue el protagonista de la primera pelea del flamante T-Mobile Arena, el estadio que la cadena hotelera MGM tuvo que construir para sus peleas (además de otros eventos, lógicamente) porque el propio MGM Grand Garden que está dentro del hotel le quedó chico.

Alvarez se adueñó de los fines de semana del 5 de mayo, tan preciados para convocar a los fanáticos mexicanos y estadounidenses con raíces aztecas, cuando este año repitió nuevamente en el T-Mobile Arena ante Julio César Chávez Jr.

Y ahora va por su tercera pelea en el estadio más importante para el mundo del pugilismo. El escenario que se volvió sinónimo de un megacombate. Ninguno consiguió eso. Esa es la sintonía de “Canelo”. Algo que él mismo define en sus redes sociales como #MiEra.

Pero el muchacho de Guadalajara necesita algo que sostenga todo ese concepto. No se puede marcar época sin enfrentar a los mejores. Y en rigor de verdad, ahora que el duelo con “GGG” es un hecho, acusar de elusivo al “Canelo” sería injusto. En su momento, en una pelea que pareció apurada pero lucrativa (MUY lucrativa), enfrentó a Mayweather, combate del que salió derrotado. Pero también tiene a Shane Mosley y Miguel Cotto entre sus derrotados. Ha enfrentado grandes campeones el mexicano. Sin embargo, como él mismo lo reconoció en el evento del martes, esta pelea es otra cosa.

“Me siento muy bien, muy contento de estar aquí con mi gente. Esta pelea va a marcar la historia de mi carrera”, fueron sus primeras palabras. Y no podemos estar más de acuerdo. El sábado sabremos mucho de lo que será el legado de Alvarez. Más aun teniendo en cuenta que no es el favorito para esta pelea, por lo menos si se busca corroborar con las apuestas, que lo tienen abajo.

Golovkin, quien claramente es el “Lado B” de la pelea (aunque favorito, paradojas de la promoción que define los roles con fundamentos financieros), había arribado antes con su cordialidad y frialdad casi distante habitual. No es un hombre muy carismático el kasajo. Aunque ha mejorado mucho en ese aspecto y hasta termina generando una sintonía particular con los aficionados, al punto que hay mexicanos que lo apoyan para esta pelea por más que parezca increíble.

Lo más excitante de su llegada fue el beat repetitivo y constante de “Seven Nation Army”, la canción de “The White Stripes” que en Europa es sinónimo de fiesta cuando en cualquier evento, ya sea deportivo o de otra especie, el público se pone a corear el punteo de guitarra característico.

“Esta pelea no es solamente importante para mí. Es importante para el boxeo. Esta es la pelea más grande para el boxeo”, fue lo más destacado que dijo “GGG”.

Y luego, en claro mensaje hacia Mayweather Promotions por haber montado Mayweather-McGregor, agregó: “Acá están los verdaderos fanáticos del boxeo. Los que realmente aman este deporte”.

Queda claro que todavía no se superaron las diferencias entre lo que es esta pelea con Canelo, que podríamos definir de boxeo puro, con el duelo entre el mejor libra por libra de los últimos tiempos y un bicampeón de UFC… boxeando.

Quizás sea por eso de lo autodestructivo del boxeo que hay dos promociones enfrentadas. Pensar que en tres semanas Las Vegas está celebrando dos megacombates que ponen al pugilismo en el centro de la escena quizás sea una actitud naif. Demasiado positiva. O quizás un acto de grandeza, que en definitiva es lo que termina abrazando la historia.

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